La primera fase de Músicas memorables fueron los Laboratorios de tradición oral. Así nombramos a las semanas que pasé con cada grupo de mayores convocado en las ciudades participantes: Madrid, Valencia y Huarte. Entre cuatro y seis tardes invertidas en conocernos, cantarnos y contarnos. «No se trata de cantar bien ni mal», insisto en una aproximación popular al canto popular, compartiendo nuestras canciones y los relatos que las acompañan. Aderecé la charla con ejercicios de cuerpo y voz, calentamientos, juegos… y muchas preguntas, que nos llevasen a recordar y debatir. Las canciones eran, al fin y al cabo, la excusa para poner en común nuestras historias.
El primer laboratorio tuvo lugar en Madrid, en colaboración con la Fundación 26 de diciembre. Yo llevaba tiempo queriendo acercarme a la F26D, admirador de su pionero trabajo con mayores LGTBI+, una comunidad doblemente vulnerable e invisible ante la mayor parte de nuestra sociedad. Allí trabajan en recursos que puedan paliar su deterioro, soledad y situación de dependencia. El presidente, Federico Armenteros, se mostró receptivo ante la invitación a formar parte de Músicas memorables y visité su espacio en la calle Amparo en varias ocasiones para intentar convocar a un grupo de 10 a 15 participantes. Esta mezcla de difusión, pedagogía, seducción y perseverancia es una hibridación ardua pero clave que he aprendido como mediador, unx debe poner en práctica todas sus habilidades sociales porque, aunque se trate de una actividad gratuita, la gente está muy ocupada y tiene muchas cosas que hacer. Lxs mayores no son una excepción. Cada domingo, la Fundación acoge un almuerzo comunal en su localcito, y a este encuentro lo llaman «No comas solx». Es una buena ocasión para conocer a lxs mayores en un contexto distendido, cantarles algo yo (he aprendido que si quieres que la gente confía en ti, puede ayudar el mostrarse vulnerable y generoso) e invitarles a acudir a las sesiones. Yendo a comer aquellos domingos, coincidí en varias ocasiones con Javier Codesal y Julia Sieiro, que se convirtieron en cómplices del proyecto, así como yo del suyo (casualmente, estaban filmando un documental sobre la Fundación durante 2019 y acabaron viniendo a todas mis sesiones, permitiéndonos tener algunas imágenes que documentan el proceso).

Menudo cuadro es el nombre del grupo de teatro de la Fundación, a quienes invité primero, y al que se fueron sumando diferentes personas que pasaban por la F26D, algunas por primera vez. Nuestro grupo se compuso casi enteramente por hombres gays, con solamente dos mujeres trans y una mujer cis lesbiana. Me preocupaba la poca participación de mujeres y confirmar cómo reinaba la visibilidad masculina, al igual que en todas nuestras historias (la historia LGTB y su imaginario no se libran de esta problemática de género, algo que siempre me ha preocupado). Me pareció importante extender invitaciones específicas a las mujeres para que el grupo fuera realmente diverso, aunque su participación resultase menor. Me filosofía es compartir en esta bitácora dudas y aprenizajes, y la mediación me enseña una y otra vez que estas cuestiones de generar confianza están profundamente ligadas al tiempo que invertimos en las personas.
Cada persona se presentaba cantando o tarareando, compartiendo una música memorable. Poner en común recuerdos cantados produce momentos emocionantes pero también duros, como cuando un participante, con voz quebrada y taciturna, nos cantó Gracias a la vida, que me ha dado tanto… explicando que aquella fue la última canción que había cantado en público, durante el funeral de una amiga, la semana anterior. En cada sesión, le propuse al grupo calentar el cuerpo, la voz y también el oído (no tenemos costumbre de escuchar activamente, y esto hay que ejercitarlo), empleé diferentes dinámicas-detonantes y fui probando cosas que darían forma a la metodología de los Laboratorios de tradición oral. La dificultad del compromiso de asistencia, de contar siempre con todo el mundo (como he dicho, la gente está muy ocupada) me llevaba a probar diferentes enfoques sin que hiciese falta que fuéramos siempre la misma gente. Y sin embargo, había temas recurrentes que caracterizaron a cada grupo en cada ciudad. Varias personas en Madrid compartían su gusto por el género de la copla, algo que trascendía lo estético, y es que se sentían identificadxs con la figura de la coplera. Con ser la otra, esa, la querida, la amante, la bien pagá. Mujeres icónicas y atormentadas porque no podían estar con el hombre que deseaban. Resulta imposible no hacer lecturas queer desde nuestro presente. Los compositores Quintero, León y Quiroga. Ante un panorama completamente heteronormativo, les pregunté cuáles fueron sus referentes afectivos y sexuales. ¿Cómo aprendemos a construir familia las personas LGTBI+, cuando tantas veces nos han repudiado e invisibilizado?
Algunos testimonios del grupo de Madrid y una canción inédita que compusimos a partir de sus experiencias.
Equilibrando el charlar con el cantar (es importante activar las canciones y no sólo hablar de ellas: ¡hay que cantar más!), compartíamos fragmentos desdibujados, tonadas a medio recordar. Atesoro ese maravilloso momento en el que una persona empieza una canción, se detiene porque se le olvida cómo seguía la letra, y otra persona la retoma. Acabábamos hablando de represión y de secretos, de lo prohibido, de la falta de referentes, modelos de pareja heredados, promiscuidad y celos, de manifestaciones estudiantiles («¡No nos moverán!») y arrestos. De artistas, estereotipos y pasiones. El grupo me contó cómo durante la dictadura de Franco, existían ciertos subterfugios en el arte para la expresión de género disidente. Los cantantes masculinos con pluma eran una excepción permitida por el régimen (El Titi, Paco España, Miguel de Molina), se les permitía transgredir los roles de género convencionales por ser artistas, bien vistos por formar parte de la farándula. «La pluma la inventó Miguel de Molina, aunque le acabó echando de España la extrema derecha. Al marcharse, Concha Piquer, que era su rival, se quedó con su repertorio»… Muchas anécdotas acompañaban a las canciones, entretejiendo historias de vida de cada participante con las de artistas y cantantes. Mari Trini se repetía como artista querida por la comunidad, en su época se decía que era lesbiana –un secreto a voces– y en el grupo varias personas recordaban con admiración cómo desafiaba los cánones de feminidad del momento, además de ser una gran artista. Esa niña, sí, no… esa no soy yo. La ambigüedad de artistas como Camilo Sesto o Raphael también despertaban el debate y nos llevaban a hablar sobre nuestras propias relaciones con el salir (o no) del armario, el secretismo y las dobles vidas, la inevitable vergüenza de no encajar. «Me gustas porque no pareces trans», le habían dicho a una compañera.
Las músicas memorables no tiene porque ser canciones que nos gusten, también pueden ser aquellas que no logramos olvidar. Compartimos canciones infantiles y religiosas, que nos llevaron a la relación de cada unx con la iglesia durante la infancia y la juventud, cuando España era un país profundamente religioso. Algunas experiencias de represión, conflictos con los curas, el abuso del poder. Esto enlazó con el servicio militar (la mili), el ejército como ese espacio hipermasculino y represivo donde sin embargo algunos hombres tuvieron experiencias sexuales, una vez más bajo secreto o en el filo de lo invisible. Encuentros en las matas, afectos relegados a la oscuridad. Hablamos sobre el cruising y sobre su vigencia hoy en día, en la era de las apps de ligue y geolocalización. Sobre cómo la cisheteronorma ha asimilado y normalizado ciertas prácticas que se considereban disidentes, liberándolas del estigma que arrastraban. Se sentía dolor y frustración en algunos relatos, como el de ser «hijx bastón». No pudiendo expresarse afectiva ni sexualmente, muchas personas LGTBI+ quedan solterxs y relegdxs al cuidado de sus familias, pero sin ser aceptadxs por ellas… una situación que se ha repetido en la generación de nuestrxs mayores.
Un día que recuerdo con especial cariño es el que acabó en guateque. Aunque teníamos conversaciones duras, también nos reíamos mucho. Aquel día, Berni trajo su Comediscos, ¡un reproductor portátil de vinilos! Yo nunca había visto nada parecido, el grupo se reía de mi asombro. Acabamos cantando y bailando con los singles que devoraba el tocadiscos. Un rayo de sol, María Isabel, Tengo el corazón contento…
— Christian Fernández Mirón
