Hoy es el primer día del laboratorio en Palma. Salí bien temprano de la casa de mi hermana; quería llegar antes que el resto de personas, aclimatarme al lugar y domar los nervios. Siempre tengo un montón de nervios antes de cosas como estas.
Han venido 13 personas. No alcanzo a hacer cábalas con el número y ya estamos soltando risas con las que llegaron primero. Todas entran buscándome –sin conocerme–, haciendo barridos con sus cuellos de periscopio. Estaba buscando al jefe, me dicen. Les digo que yo no quiero ser el jefe, que no se me da bien. Les miento porque me gustaría disolver la distancia. Disolver el vacío que –inevitablemente– nos separa. Mi meta es tener una conversación, y estoy apostando por hacerla en igualdad de condiciones. De todas formas, hay que mirar el vacío y asirlo, porque ignorarlo no lo disuelve, creo.
Saco la grabadora, que es como una escopeta que chupa balas, y la pongo en el centro de una mesa demasiado larga para lo que vamos a hacer. Les digo mi nombre, que soy de Colombia y justifico la presencia de la grabadora mientras les hablo un poquito del proyecto. Trato de explicarlo lo mejor que puedo, pero me voy sintiendo muy torpe. Recuerdo las grabaciones de los laboratorios que hizo Christian el año pasado; tiro de ahí pero me achicopala la referencia: Christian es súper elocuente y podría explicar el proyecto con las manos atadas y los ojos vendados. Espabilo un poquito y me trato de olvidar de la presencia de la grabadora. ¡Venga, que el laboratorio no va a empezar solo!
¡Qué bonito que es hablar! Hablar no más, hablar sin antropología, hablar como si estuviéramos en un experimento donde todos somos ratas blancas y nadie tiene bata de laboratorista. Pero qué difícil: ignorar el abismo no lo disuelve, pero ser consciente de él tampoco. Esta idea me viene constantemente mientras voy explicando las fases del proyecto. Esta es la primera fase, digo. Luego nos juntamos Sole, Christian y yo a hacer música basándonos en lo que se hable aquí, ahora. Qué magnífica amenaza la de una música futura que hable del Ahora. A mí me sigue pareciendo una encrucijada: empiezo pensando en Fases y, aunque no quiera, termino trazando una línea recta con dos flechas en cada extremo: Atrás/Adelante, Antes/Después. No, no, que no hay futuro, que estamos aquí sentadas ahora y que se joda la segunda fase. Que se jodan los proyectos, yo lo que quiero es hablar. Hablar y escucharles hablar. Y cotejar, que es como mirarnos asombradas: Yo crecí en Galicia, en una granja. Yo vivía en Venezuela, allí hice la mili; volví a España y me agarraron por desertor y me tocó hacer otra vez otra mili. Yo soy de Jaén, me llamo Francisco, pero cuando llega el mediodía me llaman PACOmer. Yo soy un sentimental. No, no, yo no sé cantar. ¿Cantar? de eso nada, yo no sé cantar. Bailar, bailar sí que sabemos.
Un ratico después estamos todas cantando. Cantando, riéndonos y llorando un poquito porque una de nosotras contó la historia de cómo conoció a su marido, que ya murió. Estamos de acuerdo en que antes se cantaba más. ¿Por qué ya no se canta? Culpamos a la tecnología, a la hiperconectividad, a la invasión de los móviles. Hay móviles en todos lados, a todas horas. Yo estoy de acuerdo, yo también estoy harto de los móviles: ahí sí que hay un vacío insalvable, me parece. Alguien cuenta que en su pueblo la gente se juntaba alrededor de una sola radio, ¡qué bonito! Hablamos de suicidios, del país de las meigas, de noviazgos, de cómo es vivir en Palma, cantamos en español, gallego, mallorquín e italiano.
* * *
Qué miedo tengo durante del segundo día. Estoy bajo la impresión de que ya lo hablamos todo y que me quedo sin ideas. Hoy han venido menos personas: estamos todas temerosas del coronavirus y algunas han decidido no juntarse, aunque hay tres nuevas.
Ya no puedo recordar si empezamos hablando sobre las diferencias entre el mallorquín y el catalán o sobre otra cosa. ¡Qué tema más complejo!. Nadie se quiere crispar, pero todas hemos vivido este tipo de conversaciones y sabemos a dónde pueden ir a dar. Pep, que defiende con mucha tranquilidad su punto no oye muy bien, así que es difícil interrumpirle. Yo no quiero interrumpirle ni a él ni a nadie pero tengo que abrir espacio para las otras personas que también quieren hablar. He ido aprendiendo a que me guste cuando no puedo controlar lo que está pasando en los talleres/laboratorios/clases; cuando se me escapa de las manos y hay barullo y no le entiendo a nadie. Pienso –y digo– todo el tiempo que Sole y Christian no van a entender nada cuando oigan las grabaciones, pero también dejo que el grupo hable como hablan a veces los grupos: con el ritmo de un caos chiquitico.
Hoy hemos cantado menos ¿habrá sido el tema político? Digo El tema político por decir algo: aquí todo fue político. Qué clichesazo de frase. Pero sí: hablar de los guateques fue político, hablar de enamorarse fue político, de perderse, de irse a la mili, de cantarle a las vírgenes en las ventanas, de los móviles, de la soledad, de la muerte, de sentirse más atrapado en la península que en la isla fue político, de no saber si vamos a estar vivos para la fase III (de Músicas memorables) también fue político. Eso sí, lo más político de todo es el encuentro.
— Julián Mayorga


Me encanta leer vuestros comentarios y resúmenes de los encuentros de «Musicas Memorables,»
Fue muy agradable conoceros, habéis dejado un grato recuerdo
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