Fase I: laboratorio Zaragoza

«Antes se cantaba más, había más unión entre las personas. Ahora hay más individualismo». La vida en las calles, tomar el fresco, salir a coser… el grupo sostenía que eran cosas del pasado. Hablamos sobre cómo las casas de los pueblos estaban siempre abiertas, de cómo sus candados eran casi decorativos.

Me presento ante un grupo de desconocides en el Hogar para mayores Las Fuentes, donde su directora y la profesora de musicoterapia nos acompañan. ¿Cómo pedirles que se pongan a cantar y a compartir aquello que es tan íntimo? La hospitalidad es clave. Generar confianza y mostrarse vulnerable, empezar por uno mismo. ¡Y la importancia de la merienda! El Hogar muy amablemente nos surtió con pastas y té, durante las tres sesiones que conformaron el laboratorio de tradición oral en Zaragoza. 

Saber lo que se canta, ¿importa o no? El grupo volvía una y otra vez al debate de la música culta VS la música popular. “Entender” o no para poder apreciar, sentir, que el arte forme parte de tu vida. Estas son cosas que suceden sin pedir permiso, como demostraba una sencilla reivindicación: «No lo entiendo pero me gusta».
En lo popular comenzaban a surgir las particularidades de este laboratorio, de este lugar frente a los de la primera edición de Músicas memorables (2019). Detectar y apreciar el acento aragonés fue delicioso. Expresiones mañas, lo baturro, la fabla. Aprendí algo de vocabulario y enseguida me hice con el sufijo -ico, ante el entusiasmo del grupo. Ellas y ellos me cantaron y me contaron sobre jota aragonesa y sobre José Oto, El Pastor de Andorra, La Bullonera, La Ronda de Boltaña… Y también sobre Zarzuela, que parece ser uno de los géneros musicales que conecta a los diferentes grupos este año.

Un desafío fue no hablar todes a la vez (bromeaban diciendo que en Aragón les gusta mucho hablar). Una vez generada cierta confianza, pasa a ser un reto gestionar el entusiasmo del grupo y sus ganas de compartir, que pueden conducir a un caos colectivo. Les expliqué que yo podía hacer de moderador, pero que prefería que el grupo se autoregulase y también aportarles herramientas en estos encuentros. Que fuese un intercambio. El segundo día comenzamos en el parque, donde guié unos ejercicios de cuerpo, voz y escucha bajo el sol que nos calentaba. Así, el grupo agudizó la escucha y logramos dejar de pisarnos tanto, al menos durante un rato.

Atender al cuerpo y a los sentidos nos ayudó a agudizar la escucha. Día dos, el parque junto al Hogar.

Tal y como recordaba del año pasado, también es importante equilibrar el habla con el canto. Enseguida querían pasar de una canción a otra, cual gramola, pero les pedí mantener viva la llama de cada tema (intentar cantarlo hasta el final). Hasta donde diese la memoria colectiva del grupo, aunque fuese acabando en un tarareo incierto. Esta suma de recuerdos fragmentados a través del canto es uno de mis momentos favoritos.

Las canciones de la infancia, del autobús o las excursiones. Sus ojos se iluminaban al recordar las chuches de antaño: pastillas de leche de burra, regalices que vendía una señora en la plaza. En su niñez, los juegos estaban basados en la imaginación y no tanto en lo material, incluso construían sus propios juguetes. Andadores (como zancos) o patacones (pajaritas de origami). Pintaban en la calle con tiza para jugar a la rayuela, también conocida como «el descanso» o «desembarro». La música acompañaba algunos de estos juegos, y también estaba presente en lo que ahora entienden como adoctrinamiento. Aprender cantando en el colegio, el gran ejemplo de la tabla de multiplicar. Esta música memorable es colectiva y común (hay otras que son más personales o particulares de una región), y nos llevó a dialogar sobre la relación entre música, educación y religión. El castigo, aprender por miedo, el pecado. Las canciones también nos llevaron al servicio militar –la mili– para ellos, y a la Sección Femenina –SF– para ellas. Algunas mujeres contaban cómo esta era la única forma de poder estudiar, y cómo tuvieron que hacer (o no) ciertas concesiones para pasar por el aro.

Una participante trajo una foto de su padre, sosteniendo el acordeón, en un descanso de la mili.

El mayor aprendizaje que extraje de este laboratorio frente a los anteriores, y lo recalco como algo personal, tuvo que ver con la escucha y el respeto hacia mis colaboradores. Siempre que salía el tema de la dictadura, el ambiente cambiaba, se tornaba solemne y el grupo se volvía más silencioso. «No me gusta hablar ni de política, ni de religión ni de fútbol». Se hizo evidente tras varios intentos que la mayor parte del grupo prefería evitar hablar del franquismo, y sentí que yo debía respetar eso, no sin antes preguntarles por esa tensión que percibía. «¿Sabes qué pasa? Que es triste. No es que lo tengas en el olvido, pero traerlo no es agradable». Me gustaría aprender a equilibrar mi curiosidad personal con el respeto a sus deseos, practicando una mediación responsable y respetuosa, que no sea extractivista ni sensacionalista. Eso también es cuidar. Yo me sentí muy cuidado por el grupo. Ángel me hizo un regalo casi al final, un papel donde escribió la letra de Enséñame a cantar.

— Christian Fernández Mirón

Playlist de algunas canciones surgidas durante el laboratorio de Zaragoza.

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