La segunda edición de Músicas memorables arranca en Sevilla. Finales de enero, llueve a cántaros y seguirá lloviendo durante los cuatro días que dura mi viaje. El hotel es muy bonito, la lluvia rebota en el pequeño patio interior lleno de plantas al que da mi habitación. Está en pleno centro y yo paso por una turista más de las que fagocitan la cotidianidad del casco histórico… Dilemas sobre gentrificación y justificaciones; al menos pactamos no hospedarnos en AirB&B. Eso me gusta de este proyecto y de todas las personas que trabajamos en él: somos conscientes de nuestras acciones y nuestros impactos y de los contextos en los que nos metemos, a todo le damos vueltas. De los detalles, como el alojamiento, a los procesos, maneras, porqués y para qués de encuentros, textos y composiciones, pasamos horas y horas hablando. Es por eso que una de las cosas que más me sorprenden es la sencillez de esto que he venido a hacer aquí: juntarme con gente y escucharles cantar. Yo, que traigo un bagaje de talleres planificados al milímetro, llenos de actividades dirigidas y materiales, cuando el año pasado escuchaba los audios de Christian (Julián y yo nos unimos en una fase posterior del proyecto, fue Christian el que fue recopilando cantares entre los distintos grupos, a nosotros nos llegaron a través de sus grabaciones), me fascinaba la aparente falta de guión y lo expuesto del ejercicio: estar, escuchar. Moderar sin falsas invisibilidades, participando también. Se entiende así que no lo llamemos talleres, aunque yo misma caigo una y otra vez en esa etiqueta, por abreviar y por costumbre; el nombre que Christian y Flavia le idearon es mucho más preciso: laboratorios de tradición oral. Yo quisiera llamarlo arrejunte, corrillo, echar la tarde… Pero tampoco llegaría a ser honesta esa nomenclatura. Los encuentros tienen realmente algo de laboratorio: hay disfrute y relajo, sí, pero también concentración y esfuerzo: el esfuerzo de la memoria. Recuerdos, juventudes, ciudades, mundos enteros. Y el canto, que trae todo eso y es tan poderoso; más cuando es libre y entregado.
Digo que arrancamos en Sevilla pero en realidad este proyecto arranca mucho antes. Arranca con la mediación y gestiones de hablarenarte, con el soporte y la financiación de la Fundación la Caixa y con el enlace, fundamental, de Roble Roldán, trabajadora del Centro de participación activa de Ciudad Jardín. Y quiero empezar esta bitácora con una alabanza a la labor de ella. Roble se encarga de congregar al grupo con el que trabajaré, pero no lo hace de cualquier manera. Se empapa del proyecto, lo comprende, lo hace suyo, y busca que la convocatoria abarque a gentes diversas, que tengan relación con la música y que a la vez tengan historias valiosas que aportar. Roble conoce bien a cada una de las personas que van a venir, me habla de todos con gran detalle y, aún quedando fuera de su horario de trabajo, durante los días que dura el laboratorio está pendiente de todo tipo de gestiones, que realiza siempre con dulzura y con firmeza. “A mí lo que me importa es el arte”, me dice en una de las conversaciones que mantenemos por teléfono uno de los últimos días, al hilo de ciertas dificultades para el traslado del grupo al CaixaForum. Y hay, efectivamente, mucho arte en el grupo que congrega Roble. Yo espero que luego el que le sumemos Juli, Christian y yo esté a la altura.
El grupo lo forman personas de edades heterogéneas, entre los sesenta y muchos y los casi noventa. Es un grupo tremendamente participativo y la primera barrera que estaba mentalizada a encontrarme, la de la vergüenza, resulta que es una puerta abierta de par en par: no sé si será porque estamos en Sevilla, o porque, como se ha venido repitiendo recurrentemente en las dos ediciones de este proyecto, “antes se cantaba mucho”, en este grupo no hay vergüenza ninguna: todos quieren participar y todos cantan. Mucho, y con mucho gusto.
Pablo es profesor de lírico en el centro, y nos ofrece un calentamiento vocal nada más empezar, varias personas del grupo son alumnas suyas; Carmen Boza y Fernando, su marido, interpretan zarzuelas con un arte que nos tiene aplaudiendo varios minutos y traen canciones antiguas, de la madre de Carmen, o que han escuchado en otros sitios, en Euskadi, o en Galicia, donde vivieron un tiempo; también aporta recuerdos y canciones Salud, mujer de Pablo; Manuel de la Rosa, ya lo anticipaba ese apellido (es hermano de Jesús de la Rosa, uno de los integrantes de la mítica e importantísima banda de flamenco-rock, Triana), llena la habitación con su voz aflamencada cuando se arranca con unos versos del zorongo gitano (lástima que por una dolencia en los ojos podrá venir sólo el primer día); Chema y Rafael comparten recuerdos, Rafael habría querido dedicarse al arte, confiesa en una ocasión con la boca chica, pero aquello era impensable… y arte tiene, desde luego, en lo que cuenta y lo que canta y hasta en cómo da las palmas; otra que tiene un arte que encandila es Carmen Segovia, canta lo que le echen, zarzuelas, sevillanas, retahílas populares… y el último día nos deleita con un poema sobre el parque de María Luisa que nos hace levantarnos de las sillas; Inma fue directora del centro que nos acoge y nos cuenta muchas cosas interesantes del mismo, comparte con Pablo su amor por el canto lírico, su hija es soprano; y Amparo, que aparece el segundo día, maestra palillera, con una cabeza tan lúcida y divertida que ya quisiéramos muchos con treinta años menos; Menchu y Rumualda son las más mayores, Menchu es la única que conserva recuerdos de la guerra, y la única que es de fuera de Andalucía, de Valladolid, trayéndonos así con sus intervenciones valiosos ecos de otras realidades, Rumualda habla de la alegría que había antes, de las mujeres que se reunían y cantaban en los lavaderos; y para terminar desvelo que no sólo hay buenos intérpretes en este grupo, sino también prolíficos creadores: Nely, además de cantar maravillosamente con timbre de cupletera, es poeta, y Manolo, originario de Jaén, escribe también versos sobre las cosas que ve y nos los trae y nos los canta, “esta letrilla”, introduce siempre, “la podríamos meter por fandangos”.
A lo largo de cuatro días tratamos todo tipo de temas, hablamos de tradiciones, de juegos, de bailes, de la radio, de música popular y música “selecta”, de la vejez y la infancia, y si hay algo que lo hila todo, la cosa que une al grupo y aparece de continuo como contexto y como tema, como objeto de letras y poemas, casi como una participante más, esa es Sevilla. Quizás para ellos mismos pase desapercibido, pero a mí no deja de sorprenderme y emocionarme el amor que sienten por su ciudad, lo especial de haber pasado toda la vida (casi todos nacieron en Sevilla o cerca de Sevilla, y los que no, fueron rápidamente adoptados por la ciudad al llegar) en la cuna de un folclore tan particular y potente. Y aunque, como bien indican Pablo e Inma, “no se puede decir que en Andalucía todos seamos flamencos”, también es cierto, como defenderá De la Rosa, que “la música flamenca aquí se lleva en la sangre”. Que el flamenco, como en alguna ocasión ha dicho Kiko Veneno, no es sólo un tipo de música: es una actitud, un talante, una manera de estar en el mundo. Otra cosa que se repite y en la que todos coinciden, cuando, inevitablemente, comparamos los tiempos de antes con los de ahora, es en que había antes mucha alegría, una alegría inversamente proporcional a la riqueza, parece. “Tenían esa alegría…” dice Rumualda hablando de los lavaderos “… a lo mejor no había para comer pero tenían mucha alegría”, y Amparo está de acuerdo, “antes éramos más felices, hoy se está triste”, y remata Nely, “en estos tiempos estamos agobiados, que si la guerra, que si el clima, la pobreza, tanto dolor… Antes nos conformábamos con poco… Ahora queremos más, y más, y más…”. He hablado mucho con Juli y con Christian de estas afirmaciones, que han sido denominador común en casi todos los grupos. Nos interesa este indicador tan claro de la falibilidad del capitalismo, de ese afán por tener “más, y más, y más”, que se nos hace creer que es inherente al ser humano, vía única e inevitable hacia la felicidad, y que en realidad produce tanto desasosiego. Nos damos cuenta además de lo valioso que es tener contacto con gente más mayor, gente que ha vivido otras realidades, otros mundos posibles. Mundos que, por otra parte y por supuesto, no pueden ser idealizados. Que antes había más alegría, pero que también había menos libertades, en eso también coincidirán los participantes de los distintos grupos. Hablamos de la Sección Femenina, de los tiempos del franquismo en que los carnavales estuvieron prohibidos, de los colegios católicos. Todos se saben de memoria las canciones de la Falange y yo les pregunto… y responden, “es lo que había”.
El último día trasladamos la sesión al CaixaForum, allí nos reciben con una buena merendola y el director nos dirige unas palabras. Nos habla de las razones de la fundación para apoyar este tipo de proyectos y dice algo con lo que me identifico: que el arte es expresión de emociones y que eso todos somos capaces de hacerlo. Yo, de Sevilla, me vuelvo con esa sensación, la de haber pasado cuatro días con catorce artistas profundamente expertos en tradiciones y saberes a los que, en mi vida y entornos juveniles, no suelo tener acceso. Una sensación de aprendizaje y agradecimiento, y un deseo fuerte de que pasen pronto estos tiempos de distanciamiento social y podamos volver a juntarnos.
— Sole Parody


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